A mediados del siglo XIX, con la guerra carlista como trasfondo, doña Rosario de Olvera se ve obligada a abandonar Morella —el lugar donde había soñado que construiría su hogar algún día— con la sola compañía de su bebé recién nacido.

Los azares del destino la conducen hasta Jarra Almas, un cortijo abandonado en medio de la sierra más profunda de Andalucía, junto al pueblo de Lugia. El tiempo transcurre de manera insondable sobre unas tierras que podrían parecer baldías, pero que pronto revelarán una belleza lúgubre y una misteriosa fertilidad. A pesar de las dificultades, Rosario plantará la semilla de una familia cuyo tronco crecerá con la robustez de un quejigo, pero cuyas ramas arderán con la intensidad de una zarza incendiada.

Jarra Almas es el primer libro de una saga de ficción que intenta indagar en los orígenes de la España hoy llamada vacía, ahondando en una época en la que el territorio más ancho de la península estaba en su interior, lejos de las pueblos y las ciudades, y las gentes conseguían salir adelante en un entorno duro e inhóspito. Jarra Almas es, además, una novela cuyos firmes cimientos descansan en la búsqueda de las propias raíces del autor, enterradas en la Sierra Sur de Jaén.

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Esta novela también se convirtió en una ruta literaria. El día 29 de mayo de 2022, un grupo bien nutrido de excursionistas me acompañaron a saborear los territorios de la Sierra Sur. Si te apetece contemplar los parajes incomparables por los que transitan los personajes de la novela, pincha aquí. Gracias, Mar_Vera (MAREMOTO) y, por supuesto, gracias a Pedro Jesús Castro, con quien sigo caminando cada día por las veredas de los sueños.

Capítulo 1

Cuando Tomás Olvera irrumpió en el Casino y, sin importarle quién estuviera presente, dijo en voz bien alta Quiero proponer un brindis a la salud de mi primera hija, jamás se le habría ocurrido pensar que estaba convocando el viento de su propia muerte. Luego añadió Se va a llamar Isabel, y tampoco se le pasó por la cabeza que en aquel simple nombre y en la invitación extendida a los parroquianos del café más frecuentado de Morella estuviera la semilla de la tempestad que arrasaría —con el andar inexorable de las estaciones y la vida— hasta los cimientos de su familia recién alumbrada.

Y es que, a pesar de los tiempos que corrían, el bisabuelo Tomás no era de esas personas que se detuvieran a reflexionar en la repercusión de las palabras. Ni las propias ni las ajenas. Hechos, más bien: a Olvera le habían enseñado a creer en los hechos; y no en todos, sino en los que él presenciaba. No era hombre religioso, pero alguna vez se le había oído decir que su propio padre había decidido su nombre por el santo, ya que el apóstol Tomás había sido sin lugar a dudas el más sabio de entre los discípulos de Jesús. Decía Hasta que no lo tuvo delante y le hundió los dedos en las costillas, el bueno de Tomás no creyó que Cristo había resucitado, oigan, más vale ser un incrédulo que contribuir a una mentira, yo siempre he pensado algo parecido, tal vez de ahí me venga todo, quién sabe. Y entonces hacía un gesto de disculpa como si fuera posible conocer lo que el destino depara a las personas solo por llamarse de esta manera o de aquella otra.

Así, sin pretenderlo, la historia sobre el origen de su nombre dio pie a que algunos entendieran que la elección del de su primogénita no podía ser casual ni tampoco inocente. En cualquier caso —y esto sí que formaba parte del credo de los Olvera— los hechos no se llevan a cabo con la ayuda de las palabras ni bajo el amparo de la onomástica, sino con las manos y con todos sus dedos. Las mismas manos que usó el apóstol para palpar las heridas de Jesús y asegurarse de que quien le hablaba era su maestro y el hijo de Dios.

Como estas, se apresuraba a añadir Tomás, y entonces las levantaba con su sonrisa de hombre elocuente y dicharachero. Tal vez por la profesión que le había tocado en suerte, estaba acostumbrado a departir con los clientes, a sabiendas de que las palabras siempre acaban por acercarlos al vendedor. Pudiera ser que a veces se dejara llevar en exceso y que aquello no fuera una buena idea en un lugar como Morella, donde se había librado el cruento asedio de la guerra y la gente veía sombras en cualquier rincón.

Es muy posible que estos dos rasgos —la incontinencia verbal y la tendencia a fijar su atención en las manos y dedos— vinieran otra vez de su propio padre, quien dedicó su esférica juventud a viajar alrededor del mundo hasta que encontró su vocación verdadera: vender guantes a la alta sociedad de Marsella. Y, aunque el negocio hubiese fracasado y tuviera que buscarse otro lugar —el pueblo valenciano de Morella, como reflejaba la curiosa rima que aún lucía en el letrero— para vender su lujosa mercancía, la costumbre de juzgar a la gente por las ma- nos fue heredada por su hijo, algo que años más tarde sucedería también con el establecimiento.

Para ubicar la tienda, el padre de Tomás no se conformó con lo primero que le ofrecieron y no cejó en su empeño hasta encontrar un enclave estratégico en el corazón de Morella. Creyó que así sería capaz de encauzar hasta allí el goteo constante de paseantes, tanto locales como foráneos, que terminaban por inundar el atardecer de la ciudad más bella de Levante. También pensó que aquel sería el enclave ideal, puesto que estaba junto a la oficina de postas y, a pesar de que no daban los tiempos para grandes aventuras ni riesgos comerciales, era el viejo Olvera de la opinión de que los jinetes del Maestrazgo seguirían necesitando guantes de buena calidad con guerra, sin ella o en el estado intermedio en el que parecía haberse sumido el país en aquella época incierta. Tanto las damas de alta sociedad como los caballeros de Morella tendrían que rendirse ante la elegancia de su establecimiento y el padre de Tomás soñaba con el día en que todos se preguntasen cómo podían haber vivido sin él. Y, aunque nunca llegara a cumplirse aquel sueño, pronto consiguió un lugar de renombre no solo en la ciudad, sino en toda la región.

A ello contribuyó el hecho de que el viejo Olvera fuese un estilista de fino olfato comercial y apostara por agrandar el único ventanal y colocar en él una damajuana de tamaño descomunal en la que vertía una solución olorosa de su creación, para después sumergir un par de guantes —y solo uno: la exclusividad es una marca de distinción, pensaba él— por día. No eran pocos los vecinos que se congregaban ante la tienda para ver el asombroso ritual a través del enrejado: extraía los guantes usando unas largas pinzas de metal con la precisión de un relojero suizo a última hora de la tarde, justo antes de ponerse el sol, cuando las parejas salían a pasear del brazo; y entonces, si no había nadie que se atreviera a entrar en la tienda, salía él mismo y exhibía con orgullo los guantes, que olían a flor de azahar y a aceite de almendras y a gloria mareada. Luego, con ceremoniosa lentitud, los colgaba de una cuerda en el dintel de entrada a la tienda, donde debían permanecer hasta el día siguiente. Se decía entonces que la hora del paseo estaba marcada en Morella por el olfato más que por el reloj del ayuntamiento —que, por cierto, se sufragó gracias a una generosa donación de Olvera padre, hecha en el fervor de los primeros tiempos en Morella, cuando el negocio iba viento en popa— y que, en cuanto la fragancia de los guantes perfumados se extendía por el pueblo, la gente se echaba a la calle. Cuántos pares vendió gracias a este truco de mercadería no sabría decirlo su hijo, pero sí que recordaba el bullicio ante la tienda y, sobre todo, la ma- nera en que su progenitor había conseguido hacerse un hueco en la comunidad.

Dentro, el espacio estaba ordenado de manera nítida: los guantes femeninos tenían reservada la parte izquierda, más coloridos y vistosos; los masculinos, entre los cuales predominaba el gris, el negro y el marrón, se encontraban a la derecha. El viejo Olvera guardaba el centro de la estancia para el espejo de cuerpo entero ante el que situaba a los clientes en cuanto se enfundaban los guantes, bajo el pretexto de que las manos deben con- templarse en el conjunto del cuerpo y desde la distancia conveniente. Como si se estuviera contemplando su efecto en otra persona. Eligió, pues, prescindir del clásico mostrador de las demás tiendas y consiguió de este modo una sensación de limpidez y de espacio abierto para su negocio. Probablemente fuera esto un reflejo de su afición por las normas de etiqueta, que llevaba a rajatabla combinando pañuelos y corbatas, trajes y camisas con un gusto aprendido sin duda en su estancia en Francia.

Poco a poco, como una hemorragia invisible e irrefrenable que iba en consonancia con el declive moral de la época que le había tocado vivir, el impulso inicial de la venta de guantes fue perdiendo fuelle, hasta que el viejo Olvera confesó a su hijo que estaban cercados por las deudas y que ya no le quedaba pellejo para reconstruirse la vida por tercera vez. Que coincidiera dicha confesión con el primer cañonazo del asedio por parte de los liberales sobre Morella no debe tomarse más que como un guiño del destino. En realidad, por mucho que Tomás y su padre apoyaran este ideal —más por las reminiscencias de la revolucionaria Francia de la que provenían que porque en España ser liberal tuviera que ver con la palabra libertad— y despreciaran la pujanza del bando carlista, lo único que le apetecía ya al viejo era cuidar de la colección de relojes que había ido juntando a lo largo de sus muchos viajes. Tenía la secreta obsesión de sincronizarlos todos, como si aquel propósito fuera a organizar su existencia, que consideraba un caos sin sentido, aunque no supiera explicar por qué. Esta íntima impresión provenía de uno de sus viajes de juventud por Oriente, cuando ató cabos y se dio cuenta de que la Tierra era redonda sin que nadie se lo hubiera explicado antes. Asimilar este conocimiento le hizo entender la paradoja de cuántas cosas desconocía sobre el mundo, de ahí que dedicara tanto esfuerzo a poner en hora los relojes de su colección. En las horas en punto la modesta casa de los Olvera se convertía en un cacareo ensordecedor de repiques métalicos y así no era extraño que, ante la esfera de un reloj, Tomás recordara durante el resto de sus días la imagen de su padre diciendo Y que al final todo resulte en que la vida va en círculos, como todo lo demás.

(…)

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La piel del hipopótamo