¿Qué distancia hay que sobrepasar para que dos personas se separen?
A veces el mundo se transforma en un prisma en el que los ecos de cada paso tienen resonancias insospechadas… y el tiempo pasa inexorable para Teo y Berta mientras una pregunta flota a la deriva:
¿Y si la respuesta fuera demasiado complicada?
¿Y si no existiera?
11.35 es un reflejo de las sombras de la soledad en el alma humana, un intento de aproximarse a una inquietud a la que se enfrenta toda persona.

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«Son las once y media, maldita sea, y no me has renovado el contrato. Tampoco te conozco desde hace tanto, lo cual debería traducirse en que no hay obligaciones, ni mucho menos mala intención, en el hecho en sí mismo. Nada personal, creo yo. Sólo que, tal vez, ya no te gusto; o, peor aún, que no te gusta cómo soy, que has descubierto dentro de mí esas grietas cuya existencia me empeño en negar, pero que siempre sabré que se encuentran ahí, listas para dinamitar los cimientos de mi alma. Lo peor de todo es que al final he aprendido a no ocultarlas, y tampoco pretendo disimularlas. Es un acuerdo tácito conmigo mismo, una norma que adopté hace tiempo. Ya sé, tal vez no tenga sentido. Pero así soy yo.
Son las once y treinta y dos. Aguzo el oído y palpo cada rumor que se pueda parecer en algo a un sonido. Nado con intensidad en el silencio y no sé si es mi imaginación, pero, sin necesidad de verte, intuyo tu figura recortada detrás de aquella pared, allá en la lejanía del cuarto de baño del fondo, donde nunca he entrado porque hace tiempo que me enseñaste el otro (más cercano al recibidor y a la puerta de salida) y no soy quién para cambiar esas costumbres. Ni siquiera sé si alguna vez has firmado un contrato como éste o cuántas veces, así que será mejor que vaya juntando mis cosas. Tampoco es que haya acumulado demasiado: apenas unos libros, algunas camisetas. Oigo cómo se enciende la llama cruel del calentador. Dios mío, ¿cómo puedes ducharte a estas horas? Son las once y treinta y tres. He estado a punto de llamar a la puerta del baño. No sabía muy bien si entrar de rodillas y suplicarte que dejaras que me quede o si encarar tu desnudez infinita con mis ojos más enteros y un seco adiós en los labios. Puede que hayas tenido un día duro y te hayas olvidado de mí justo a esta hora; puede incluso que hayas estado pensando en mí todo el tiempo menos ahora que están a punto de dar las once treinta y cinco, que es cuando expira nuestro acuerdo diario. Todavía recuerdo la primera vez que me di cuenta de que existías. Te había visto otras veces, seguro, caminando por ahí, pero por alguna razón te resbalabas entre los dedos, ajena a la forma en que barajo los pensamientos, yo qué sé. Y, sin más, un día miré hacia la puerta (siempre lo hago cuando no estoy a gusto en algún sitio) y, en lugar de la libertad ansiada, allí estabas tú. Parece que hayan pasado siglos. Este tiempo, una semana, es más que suficiente para darse cuenta de la intensidad que no tenía antes, de lo oscuro que estaba todo, de lo maravilloso que es zambullirse en tu cuerpo y acurrucarse luego junto a tu respiración. Amoldarse a ella, respirar justo cuando tú, acariciar tu pecho mientras se hincha de aire, el mismo que compartimos con el mundo, de acuerdo, pero que pasa de tus pulmones a los míos y que nos alimenta, a ti y a mí, dentro de la cama, de la habitación. Pero ahora estoy de- lante de la puerta del baño, y ni siquiera he sido capaz de le- vantar el puño para llamar.
Son las once y treinta y cuatro. Claro. Es lógico. En tu vida habrá un montón de cosas que yo no entiendo y a lo mejor no es tan fácil despegarte de ellas. No todo el mundo puede hacerlo. Que a mí me lo pusieras todo del revés de repente no quiere decir que a ti te haya sucedido lo mismo. Supongo que me decías todas esas cosas porque te sentías sola y yo... yo necesitaba cambiarlo todo.
Son las once y treinta y cinco, maldita seas, y no me has renovado el contrato. Sin darme cuenta, llevo ya casi cinco minutos eternos recopilando lo poco que traje a tu casa. Espero que no te moleste que me lleve la foto tuya que estaba en la estantería, junto a la radio antigua. Abro la puerta, miro hacia atrás, a la inmensidad de paredes abiertas. ¿Y si te hubieras olvidado pero no quieres que me vaya? No, no puede ser, lo hablamos bien claro: si llegan las once treinta y cinco y no te he dicho nada, te vas. Y yo soy un hombre de palabra. Aún me demoro unos segundos, y, por un instante, cuando te oigo salir del baño, creo que todo tiene solución. Luego, supongo, te quedas dormida sobre la cama.
Te has olvidado de mí.
Siento el peso de este mundo cabrón y cierro la puerta con suavidad, no se vayan a despertar los vecinos, que es tarde ya. Llamo al ascensor. Se abre deprisa, como si un destino tuerto y malintencionado me guiñara su único ojo, y pulso el cero. Las hojas de metal se cierran y siento el infame cosquilleo de la bajada en el estómago, acentuado por la sensación de dejar atrás otra oportunidad más para ser feliz. Creo que he escuchado la puerta de tu casa y unos pasos presurosos por el pasillo. Suerte que el ascensor es rápido y ya estoy lejos, lejos de la luz del portal, lejos de ti y más lejos aún del contrato de las once y treinta y cinco.»