Estación fantasma

Elías Arago, un profesor a punto de jubilarse, establece con su joven alumna Irene una  profunda relación que acaba por sellar su carrera docente de la manera más tormentosa  posible.


Tras abandonar este el instituto sin razón aparente, Irene, fascinada por la magnética  personalidad de su profesor, no se resigna al silencio como respuesta y emprende una apasionada investigación de su enigmático pasado. Esta aventura la conducirá hasta las entrañas del escabroso y clandestino mundo del grafiti en Londres y, más allá de esta experiencia iniciática, le permitirá encontrar su propio lugar en el mundo.


En Estación fantasma se establece una sutil crítica del sistema educativo y una reveladora visión de los dobleces interpretativos del arte urbano.

1982

El viento que precede al gusano. Ahí viene, puede sentirlo. El aliento metálico. Luego, la corriente subterránea. Una muchedumbre sale y entra en los diferentes vagones a lo largo del andén. El gusano vuelve a marcharse. Solo queda un chico en uno de los extremos. Es extraño que lo haya dejado pasar, nadie hace eso. Se sube el pañuelo que lleva al cuello por encima de la nariz. La gorra, calada hasta las cejas. Mira a ambos lados. Toma una profunda bocanada de aire y se arroja a la vía. Enciende una linterna en cuanto deja atrás la luz y sigue corriendo como alma que lleva el diablo. Si tropieza, si duda, si se le ocurre mirar atrás siquiera una vez, será aplastado por el siguiente metro. Ni siquiera sabe con certeza si lo conseguirá. Los botes resuenan, entrechocándose, en la mochila que lleva pegada a la espalda. Tal vez sean demasiados, siente cómo se bambolean peligrosamente. Sigue corriendo mientras la luz de la linterna golpea las paredes desnudas del túnel. Siente el viento de nuevo y sabe que el próximo gusano no tar- dará en salir de la estación que dejó a sus espaldas hace menos de un minuto. Acelera. Uno de los botes cae a la vía y el sonido le sobresalta, pero no puede detenerse y lo deja atrás. Tiene la sensación de que el corazón se le va a desbocar. Oye cómo se aproxima el gusano metálico y una luz potente inunda el túnel.

Cuando solo quedan unos segundos para ser atropellado y la muerte se ha convertido más en una certeza que en una posibilidad, se percata de que el túnel se abre al lado izquierdo en una elevación de más de un metro de altura. Salta y rueda sobre la plataforma. Siente el contacto con el suelo, pero el rebufo del gusano lo atrae hacia la vía de nuevo. El aire le arranca la gorra, que se pierde en el remolino de oscuridad. Un segundo más tarde, todo ha acabado y suspira aliviado, tendido boca arriba.

Está sin aliento y nota que se ha abierto una herida en el codo. Probablemente, también en la rodilla. Daños colaterales, piensa. Se le ha caído la linterna, que se ha apagado. Maldice, se incorpora e intenta discernir alguna forma entre la oscuri- dad más absoluta. Apenas unos segundos más tarde, cree detectar un resplandor lejano que proviene del túnel, como la promesa de que ahí fuera sigue existiendo el mundo de los neones en el que la gente viene y va con prisa y compra y entra y sale y se choca entre sí y hace cola. Pero él lo ha logrado. Se ha alejado de esa mierda y ha llegado a la estación fantasma. Sí, tiene que ser eso. Sabía que era cierto, que no podía ser solo una más de las leyendas urbanas que circulan por Londres. Palpa el suelo y se tropieza con la linterna al fin. La enciende y, conforme la levanta, el haz de luz descubre los altos muros y dos antiguas entradas tapiadas con ladrillos. Las lámparas antiguas cuelgan del techo, sobre el andén abandonado, pero ya no funcionan o tienen las bombillas rotas, quién sabe. Lo comprobará más tarde.

En cualquier caso, sonríe.

Lo que cuenta ahora es que está en la estación fantasma y que es hora de ponerse manos a la obra.

El chico saca todo el contenido de la mochila. Sprays de dis- tintos tamaños y colores. Un rodillo, una lata, varios pañuelos y bayetas. Las plantillas. Algunas pilas de repuesto y dos lin- ternas más grandes con base. Las enciende y las sitúa mirando hacia los muros de la plataforma. Gira sobre sí mismo. Contempla el lugar y sonríe. Su propia sombra se repite por doquier y se siente poderoso. Piensa que tal vez esa fuera la sensación que experimentó Miguel Ángel la primera vez que vio los techos impolutos sobre los que más tarde pintaría la Capilla Sixtina. Se ríe a carcajadas, como un niño que acaba de diseñar un plan para hacer una travesura, pero el paso de otro metro absorbe el sonido de su risa.

Coge uno de los botes. El sonido de la bola entrechocando cuando lo agita. Extiende el primer trazo. Preciso, suelto. Se le llenan los pulmones de olor a pintura. Esa es la sensación. Sonríe de nuevo.

Horas más tarde —ha perdido la noción del tiempo—, se aleja para ver el resultado. A pesar de que no tiene una visión completa por la escasa potencia de las bombillas, presiente que el resultado es bueno. Esas cosas se saben, y él ha experimentado la sensación correcta desde el primer trazo. Luego, colocando las cajas que le habían servido para llegar a los puntos más altos del muro en el que ha pintado el grafiti, enrosca la primera bombilla y reza para que funcione. Mila- grosamente, así es. Luego coloca la torre para alcanzar la segunda lámpara, pero esta parece estar rota. Mierda. Lo dice en inglés y se sorprende del eco que le devuelve el túnel. Tal vez lleve demasiado tiempo en aquel país. Piensa que es la primera vez que experimenta esa sensación de desgaste y se le pasa por la cabeza volver a casa. Luego le viene a la mente la imagen de su padre y escupe al suelo.

Cuando se baja y se aleja de nuevo hasta la borrosa línea amarilla en la que aún puede advertirse el mensaje de «Mind the gap» de cuando la estación estaba en uso, se da cuenta de que la luz es perfecta y de que, efectivamente, aquello es lo mejor que ha pintado nunca. Comprueba que los colores son correctos y está seguro de que la parte que había bautizado como The Nubian Boulder en los bocetos y plantillas que llevaba meses haciendo queda perfecta en negro. Se pregunta, por supuesto, si aquello es realmente un grafiti y se da cuenta de que, de alguna forma, ha sobrepasado los límites de ese concepto. Ha mezclado la sencillez del arte primitivo con la rabia del lenguaje artístico moderno. Aún queda un detalle impor- tante, piensa. Dedica la siguiente media hora a perfilar su firma: Sophrosyne. Y la fecha: ’82. Ambas cosas son importantes.

Horas más tarde, vuelve a correr hasta el andén. Sabe que esta vez las posibilidades de que el metro lo embista se multiplican por diez, pero a medida que esprinta buscando la salida se siente liviano y veloz. Como si fuera el hijo del viento. O un guerrero nubio que otea el horizonte desconocido.

Anterior
Anterior

La ciudad ajena

Siguiente
Siguiente

11.35