Conversación en un supermercado
(Compra de supervivencia en un supermercado. El Señor Pena, de unos setenta años, elegantemente vestido, se dirige a mí.)
Señor Pena: Usted escribe en el Jaén.
Yo: Escribía.
Señor Pena: Últimamente no encuentro su columna por ningún sitio.
Yo: La dejé hace tiempo.
Señor Pena: Una pena.
(Avergonzado, estoy a punto de dar las gracias y marcharme. Sin embargo, encuentro valor en alguna baldosa del suelo.)
Yo: ¿Por qué dice eso?
Señor Pena: Nada, me gustaba cómo decía usted las cosas.
Yo: No me trate de usted, por favor.
Señor Pena: ¿Por qué lo dejaste?
Yo: Me cansé de que no me pagaran. Ya sabe cómo va la cosa…
Señor Pena: En realidad no…
Yo: Pues la gente cree que uno escribe en los medios y le pagan, pero no es así. Los periódicos locales se financian de las Diputaciones y luego ofrecen columnas de opinión a los escritores locales o a la gente con alguna proyección en su trabajo a la que, por supuesto, no pagan. Como si escribir no fuera un oficio, no sé si me explico.
Señor Pena: Eso sí que es una pena.
(Guardo silencio.)
Yo: Sí que lo es.
(El Señor Pena guarda silencio.)
Señor Pena: Entonces… ¿ya no escribes?
Yo: Todo lo contrario. Sigo adelante contra viento y marea. Sólo que ya no escribo en el Jaén.
Señor Pena: ¿Novela?
Yo: Sí, ahora estoy con una cosa en inglés.
Señor Pena: Qué pena. En inglés.
(Me encojo de hombros.)
Yo: Trata sobre un escritor que al fin encuentra su sitio en la comunidad en la que vive. Aunque no publique nada.
(Al Señor Pena se le llenan los ojos de una zozobra vaga, pero alegre. Me pone la mano izquierda sobre el hombro y con la derecha rebusca un billete que me ofrece y que yo, por supuesto, no acepto. Asiente y se aleja elegantemente.)