Quiles, el hombre sombra, se queda paralizado. Entre él y la mujer se interpone una silueta ataviada con una gabardina. Negra como el mercurio. Dunja, Dunja, grita la noche.
Vega, una joven periodista, da cobertura a uno de los certámenes de piano más prestigiosos del mundo. Cada avance en su investigación la adentrará en los turbios misterios de un festival con un pasado que alguien quiere ocultar. Un laberinto de espejos en el que Vega se verá atrapada. Niñas que venden flores. Una melodía perversa. Y un nombre que no se deja olvidar: Dunja. Darko Dunja.
La ciudad ajena se desnuda en nuestras manos al ritmo de un adagio de piano como la más oscura de las intrigas. El lector se sumerge en una atmósfera perturbadora de la que solo se puede escapar de una forma: continuando con la lectura hasta el final.
Disfruta del booktrailer de La ciudad ajena:

Mientras sube la cuesta que lleva a la casa, la chica no puede dejar de pensar en la hora que le queda por delante. Cada día se repite lo mismo: ve la puerta y, antes siquiera de llegar a ella, la mano huesuda aparece de entre las sombras del recibidor y la abre, como si hubiera estado esperándola desde hace horas. Luego sube tras el hombre por las escaleras angostas y empinadas, donde se percibe aquel olor asfixiante a cerrado y a gato y a soledad.
Un pasillo apenas iluminado por una bombilla intermitente a punto de fundirse. Después, la puerta de la habitación, siempre cerrada con llave. Una vez dentro, ella se sienta en la banqueta junto al piano de pared pegado a aquel muro desnudo, mohoso y desconchado. Él hace lo propio al otro lado, en una silla de anea con el asiento deshilachado y aspecto incómodo. En el techo, una extraña claraboya por la que entra la luz agonizante del día.
La chica toca hasta que el hombre la detiene en algún acorde. Basta un gesto y ella se paraliza en esa posición. La mirada gélida y penetrante del profesor de piano no la abandona ni un solo momento, lame su cuello y los hom- bros y el pecho ya formado; luego los ojos recorren sus brazos y se detienen en los codos, en las caderas y en las piernas, como una lengua asquerosa. El hombre se levanta y se acerca. Ella contiene la respiración mientras él indica con una especie de batuta los puntos que debe corregir: roza las manos, la rotación de las muñecas, seguro que las está abriendo demasiado; los dedos demasiado rígidos, muertos como ramas secas. La postura no es correcta. La fina vara se apoya en el cuello y sube hasta la barbilla. El profesor vuelve a su lugar y traza con un dedo una línea vertical en el aire. De inmediato, la chica se amolda a ella y rectifica la inclinación de la espalda.
Pero no articula palabra.
Cuando termina su dibujo aéreo, el hombre abre los dedos índice y corazón en un sólido gesto que la niña cree que significa que separe los hombros cuanto pueda y suba el mentón hacia el atril. Se repite una vez y otra hasta que se le saltan las lágrimas. Ella evita mirar hacia el hombre, con su propia vista fija en la partitura emborronada. Pero los ojos del profesor de piano siguen sobre ella.
Tampoco la roza. Al menos, hasta el momento.
De hecho, le gustaría que las cosas siguieran así. Ahora, a pesar de que sabe lo que va a pasar, la niña no puede reprimir un escalofrío a medida que se acerca a la puerta de la casa: como por ensalmo, ve aparecer la huesuda mano del hombre en medio de la penumbra.
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