Colache, 41
Colache, 41 es una obra de teatro con centro en el capítulo 41 de Rayuela, la inmortal novela de Julio Cortázar. Se trata de una comedia que se articula en torno a dos parejas, Horacio y Lola, por un lado, y Talita y Manú, por el otro. Incapaces de distinguir los límites de sus difusas vidas, éstas transitan a través de un tablón tendido entre las ventanas de sus habitaciones.
Un abismo entre ellos.
El arte.
Y la vida bohemia.
Escena 2
(Dos habitaciones separadas por un abismo urbano. HORACIO y LOLA duermen en la cama de una de las habitaciones. En la otra, MANÚ hace lo propio; TALITA, con una aparatosa tirita en la frente, da vueltas a su lado, intranquila. Se incorpora. Camina por la habitación con nocturnidad y alevosía y acaba asomándose por la ventana en busca de aire fresco.)
TALITA ¡Este calor es inhumano! ¡Hasta el horizonte hierve, allá al fondo! Ha llegado el día del Juicio Final y nos hemos convertido en almas que caminan por las brasas del infierno con los pies descalzos.
(TALITA se pasa un trapo húmedo por el cuerpo para aliviar el calor. Se gira y mira hacia MANÚ, indignada. Éste emite un ronquido. TALITA se acerca a la cama.)
TALITA (En voz más alta.) ¡Lo que faltaba! Aquí dentro nos están cocinando a ciento ochenta grados. Es como si la ciudad entera estuviera dentro un horno gigantesco. ¡Y tú, ahí, cociéndote en tu jugo como si nada!
(MANÚ se despierta momentáneamente. Murmura. Abraza a TALITA, que se había sentado en el borde de la cama.)
MANÚ Anda, Talita, ven aquí...
(TALITA se deja arrastrar a la cama. Al instante, MANÚ vuelve a roncar. TALITA se levanta bruscamente, pero MANÚ no reacciona.)
TALITA Me voy a preparar una infusión, a ver si me tranquilizo. ¿No te apetece un mate?
(MANÚ no contesta.)
TALITA (Vuelve a asomarse a través de la ventana.) Las ventanas son agujeros negros que se han tragado al mundo. Ni una sola luz. (Pausa.) Aun así, estoy segura de que ahí fuera tiene que haber gente como yo. Por supuesto, habrá galaxias llenas de gente que finge dormir mientras los que duermen con ellos sí que duermen. Pero otros montones de yos estarán paseando desesperados por la habitación, o se asomarán a las ventanas, tomando mate y preguntándose qué pasará ahí fuera... aquí, en este rincón oscuro del universo… dentro de unas horas, cuando al fin haya salido el sol y se vayan a trabajar o estén desayunando, ni siquiera se acordarán de esta sensación desesperante. Y el espacio infinito que es esta noche con el amanecer se transformará en una estrecha ranura en el recuerdo. (Pausa. Mira ahora hacia la ventana de enfrente, asomando medio cuerpo por la suya.) ¡Psss! ¡HORACIO! ¿Estás despierto? (Nadie contesta. TALITA se gira y busca algo a tientas, en el suelo.) Esto servirá. Pero... ¿y si...? ¡Bah, qué más da! No puede haber nada peor que matear a solas en el vacío sideral de una noche de agosto.
(Tira puntas a través de la ventana. No consigue su propósito. Tras unos cuantos intentos, una punta vuela por la calle, a través del dormitorio de HORACIO y LOLA y golpea al primero, que se despierta, sobresaltado.)
HORACIO ¿Qué ha sido eso? (Coge el clavo doblado. TALITA tira otro, que también cae en la cama) ¡Maldita sea! ¿Qué pasa? ¿Llueven puntas? (Abre un paraguas. Saca la mano, como si estuviera lloviendo, para comprobar si es cierto.)
TALITA ¡Eh! Estoy aquí.
HORACIO ¡Talita! Pero... ¿qué demonios...? (Deja el paraguas, abierto, en el suelo, sale con cuidado de la cama y se acerca sigilosamente a la ventana. Se pincha en el pie con una de las puntas que han quedado desparramadas por el suelo.) ¿Estás mal de la cabeza?
TALITA Es que no puedo dormir y me estaba tomando un mate. Hace mucho calor y Manú ronca como un tractor... ¡Los hombres sois tan aburridos!
HORACIO Pues la próxima vez te echas un novio espía, mejor que el imbécil ese.
TALITA Menos mal que es tu mejor amigo.
HORACIO Menos mal que Lola tiene un sueño a prueba de elefantes y cacharrerías. O de bombas. O puntas. Hasta creo que he soñado con eso, ahora que lo pienso. Yo estaba en el Polo Norte y caían chuzos de punta. (Pensativo.) Ni siquiera sé lo que es un chuzo. ¿Y tú?
TALITA Ni idea. (Silencio.) ¿Quieres un mate?
HORACIO Dale. Nunca se dice que no a un mate, la yerba de los dialogantes y los pensantes. Si tuviera que contar los mates que he tomado en mi vida... ¡tantos como días, a veces hasta tres y cuatro! Fíjate si dialogo y pienso yo.
(Mientras MANÚ habla, TALITA prepara una calabaza e intenta pasársela a través de la ventana. No alcanzan.)
HORACIO ¡Es imposible! Nos separa un abismo.
TALITA Horizontal y vertical. Tres o cuatro metros de vacío y nueve pisos hasta abajo.
HORACIO: ¿Cómo se te ocurre tirarme clavos?
TALITA ¡Ay chico, no sé! Creo que Traveller está arreglando algo por aquí dentro. Era lo único que tenía a mano.
HORACIO Están doblados, todos.
TALITA Ya sabes cómo es Manú. Hay que fijar una mesa, que está muy endeble, y parece que esté poniendo en pie la torre Eiffel. Mejor dicho, la de Pissa, que está más torcida.
HORACIO Lo normal serían piedras.
TALITA ¿Piedras? Claro, de eso están hechas las torres, según tengo entendido...
HORACIO No, tonta. Tirar piedritas a la ventana. Como cuando niños. Piedras redondas, pequeñas... de colores, lisas, rugosas...
TALITA Claro, piedras.
HORACIO (Absorto) ... marinas, de río, piedras pómez... Las piedras no hablan, además. Ni se despiertan en mitad de la noche. Ni aunque les soplen las trompetas del juicio final al oído.
TALITA Seguro que las piedras no sufren por el calor. Esto es insoportable.
HORACIO ¡Calor, dice! Pero si sopla un viento polar...
TALITA: ¡Qué locura! Hacía años que no había una ola de calor como esta. Hasta tus piedras se derriten.
HORACIO Y yo con este frío (Se pone un abrigo, pensativo.) ¿Cómo era ese poema?
TALITA ¿Qué poema?
HORACIO Uno que... ¡Ah, sí! (Recita.) “De vez en cuando la alegría tira piedritas contra mi ventana. Quiere avisarme que está ahí esperando, pero me siento calmo, casi ecuánime.”
TALITA ¿Lo escribiste tú? Es bonito.
HORACIO Claro que lo es. Pero no, no es mío. Si lo fuera me tiraría de boca desde esta misma ventana y remontaría el vuelo hasta las estrellas. Luego caería otra vez, sin paracaídas y como un chuzo enorme que, de punta, se zambulle en el vasto océano de la literatura. La literatura de verdad. ¿Qué me dices?
TALITA ¿Qué voy a decirte? Que qué cosas tienes, chico. Los escritores estáis todos locos.
HORACIO Sólo cuando nos despiertan así. Es locura transitoria, agravada por no haber podido alcanzar el mate, que es la inspiración. Sin mate no podré hablar durante mucho tiempo.
TALITA No te enfades.
HORACIO ¿Y si se despiertan y nos pescan? Ya tendríamos que inventarnos una buena historia...
TALITA Ese trabajo te lo dejaría a ti. Después de todo, a eso es a lo que te dedicas.
HORACIO A vender historias inventadas. A inventar historias de mentira. A mentir con historias. Y a traicionar con mentiras, sobre todo a eso.
TALITA No te pongas dramático, Horacio. Ni que fuera la primera vez que lo hacemos. Además, estos dos nunca se despiertan.
HORACIO Hasta que le revientes el ojo a alguno de los dos con tus puntas dobladas. Son proyectiles, balas ignífugas. Armas terribles que podrían destrozarnos las vidas, Talita. Ahora que caigo... ¿no será eso un chuzo, precisamente?
TALITA Qué exagerado. Me pregunto yo cómo puedo echarte de menos, con las tonterías que se te ocurren.
HORACIO (Con ternura, se asoma a través de la ventana.) Será porque...
TALITA: (Se acerca a él peligrosamente, a través del vacío, pensando que la va a besar.) ... porque...
HORACIO (Retirándose de repente.) ¡Qué frío hace, demonios! A ver cómo me vuelvo a dormir yo ahora. Lo peor es que Lola ha guardado todas las mantas. ¿Te lo puedes creer? Dormir, dormir... y eso que antes caí como una piedra... o como un carámbano, que era lo que pasaba cuando chico y hacía tanto frío en mi pueblo y la gente decía que soñar con carámbanos era signo de que habías dormido mucho y profundo, muy profundo, como las cuevas, las grutas... Un sueño feliz, o eso se decía. Aunque, la verdad, mi pueblo estaba bien alto, y allí sí que hacía frío de verdad. Los carámbanos colgaban de las ventanas por las mañanas...
(Silencio.)
TALITA ¿Cómo terminaba el poema?
HORACIO ¿Qué poema?
TALITA El de la piedrita.
HORACIO (Recita entre dientes hasta que llega a los últimos versos. Alargan las manos.) “Está bien. Me doy por vencido. Que la alegría no tire más piedritas. Abriré la ventana. Abriré la ventana.”
TALITA (Asomándose de nuevo al vacío.) ¡Qué piquito de oro tienes!
HORACIO ¿Y a ti qué te ha pasado en la frente?
TALITA Mejor no preguntes...
(Oscuro.)