Un mensaje de Yolanda
Querida vecina Yolanda,
aunque el verano ya parece un espejismo en la memoria y da la impresión de que ha pasado tanto tiempo desde que terminaste de leer La ciudad ajena, me he decidido a traer al blog el mensaje que me escribiste.
Tengo varias razones para hacerlo:
La primera tiene que ver con la máxima de que los finales son sólo eso: finales. Como bien sabes, en la vida las cosas no siempre salen como esperamos o deseamos… y eso no resta valor a lo que nos sucede. De hecho, pienso que las derrotas y aquellas situaciones que se tuercen son las más valiosas, porque sirven para enseñarnos a valorar las otras que sí salieron bien y que, por desgracia, olvidamos en cuanto acaban. Terminar (y publicar, qué aventura) La ciudad ajena fue casi un milagro, porque la trama tenía una estructura musical muy concreta y no fue fácil encontrar un desenlace que cuadrara con ella. Que no fuera el que esperabas me entristece, porque sé que la mayoría de los lectores suelen juzgar el libro por ese trocito tan insignificante —temporalmente hablando, no me entiendas mal— de la narración que es el final. Por mi parte, creo que era necesario que la novela terminara así, por muy tentado que estuviera a dar otra solución más amable para el lector. Veo un rayo de luz en tus comentarios de “adictivo“ y “quiero y necesito la segunda parte“, así que espero que con el paso del tiempo se te asiente la lectura y me cuentes qué te ha parecido el libro al completo.
(El móvil suena. Recibo otro WhatsApp. Audio de ‘Yolanda vecina’)
Aquí viene la segunda razón. Acepto la invitación para cenar este sábado con vosotros. Yo llevo el vino. Supongo que me toca cumplir con la parte prometida del contrato y, ahora que has terminado de leer el libro, te lo tendré que firmar…