Una sonrisa cargada de futuro
“Estudio del retrato del papa Inocencio X”, por Francis Bacon (1953)
¿Por qué ya no escribes para niños, como cuando publicaste Un lugar llamado viento?
¿Cómo es la piel de un hipopótamo?
Ángela / Carpa Duomo, X Aniversario Fundación Unicaja, Jaén
(18/08/2025)
En mi experiencia, las mejores preguntas suelen quedarse sin formular.
“¿Qué acaba de suceder ahora mismo?”: Dos personas que están a punto de despedirse, puede que para siempre. Están en cualquier sitio y, de repente, saben que ha sucedido algo importante entre los dos. Una mirada, un gesto. Sin embargo, él no se atreve a preguntarlo. Y ella se queda en silencio, aturdida por ese poderoso instante. Se marchan, cada uno por su lado.
“¿Por qué me tratáis así?”: Un chico o una chica cualquiera. Los compañeros de clase se ríen a su espalda. Señalan, hacen aspavientos. El murmullo crece y todos se dan cuenta de lo que sucede. Y luego llega el silencio. Pero en realidad no es tal. En el aire se mantiene la vibración de la crueldad, como cuando una campana repica y el sonido se sostiene en el aire hasta el infinito en nuestros oídos.
Son sólo dos ejemplos de preguntas que podrían haber marcado una gran diferencia en las personas que nunca se atrevieron a hacerlas. Imagínate, en la primera una pareja se podría haber ahorrado unos años de dolorosa separación. En el segundo caso, un chico o una chica se habría enfrentado a tiempo a una situación de acoso por parte de los demás —imagino esta pregunta en mitad de una clase, en un instituto cualquiera de una ciudad cualquiera—, tal vez convirtiéndose en otra persona. Una distinta y más valiente.
Como digo, podría seguir ampliando estas preguntas que no llegamos a hacer hasta el infinito. Estoy seguro de que a ti misma se te ocurrirán unas cuantas a estas alturas, por joven que seas.
El caso es que las preguntas que no pudiste hacer en la charla literaria del pasado martes han llegado a mí a través de misteriosos canales. Sé que te tuviste que ir por un motivo de fuerza mayor antes de que te dieran la oportunidad de poder hacerlas. Y debo confesar que me habrías puesto en un compromiso, porque son mucho más profundas de lo que pudieran parecer en principio. También sé que no te imaginas lo que significan para mí. Que una personita de 13 años sea capaz de pensarlas me provoca una sonrisa cargada de futuro. Y, como sé bien cómo funciona la mente de un adolescente, voy a responderte por aquí. Así me aseguro de que lo leas todas las veces que lo necesites. Porque lo que tengo que decirte es muy importante y no quiero que lo olvides.
En primer lugar, me gustaría que supieras que Un lugar llamado viento no fue escrita para niños. O, si fuera así, quiero que sepas que los niños son el público más exigente que puede existir. Por eso, creo de verdad que si has leído esta novela, estás preparada para leer cualquier otra cosa por difícil que pueda parecer y, sobre todo, para enfrentarte a los problemas que puedan ir surgiéndote de aquí en adelante. Cuando escribí Un lugar llamado viento me planteé un libro de descubrimiento para mí mismo. Creo que, ahora que has crecido, si vuelves a asomarte a sus páginas, sabrás de lo que te estoy hablando.
En cuanto a la segunda pregunta, hay que ponerla en contexto. Como te digo, es muy profunda y no se puede contestar a la ligera. Hay que tener en cuenta, por un lado, que los hipopótamos son animales muy territoriales y peligrosos —tanto, que está considerado el más feroz de África—; también que su piel es rugosa y que tiene un grosor que puede llegar hasta los 10 cm, siendo capaz de secretar sustancias de color rojizo, anaranjado o marrón que ejercen la función de protector solar. Por otro lado, Francis Bacon —el pintor que sostiene la trama de La piel del hipopótamo— dijo una vez que le gustaría pintar como Velázquez, sólo que con la textura de la piel de un hipopótamo. Aquella frase se me quedó en la cabeza y al final terminó por dar título a la novela.
Y, claro, si ves el cuadro que acompaña a esta entrada del blog, te darás cuenta de que Francis Bacon fue un pintor con una visión un tanto particular de las cosas. No pintaba como cualquiera, sino que sometía a sus modelos a una especie de filtro extraño e inquietante. Todos sus retratos, todos sus cuadros parecían ir teñidos por una especie de deformación imposible, como si retorciera al modelo e investigara en la herida que todas las personas ocultamos ante los demás. También sé que sabes de lo que estoy hablando.
Creo que mi intención al poner ese título a la novela tenía que ver con una pregunta que me hice a mí mismo mientras la escribía y que nunca llegué a formular en voz alta, porque trata sobre mi propia herida y me daba miedo. Incluso hoy me cuesta verbalizarla. Iba a escribirla para ti aquí y ahora, pero me acabo de dar cuenta de que, si lo hiciera, estaría cerrándote la posibilidad de leer algún día esta novela.
Y eso, Ángela, es algo que no estoy dispuesto a hacer.
Gracias por venir a la charla. La próxima vez seguro que llegas al momento en que se brinda el micrófono a los asistentes. Ve pensando en las preguntas que quieres plantear. Y en las que te tienes que hacer a ti misma.
Un abrazo,
Enrique.